El romanticismo

El romanticismo
Las formas musicales, la arquitectura sonora y hasta la misma concepción artística del clasicismo son los elementos que hacen posible el nacimiento y desarrollo del romanticismo. Las diferencias entre una y otra época no vienen de un entorno social ni de un cambio externo, sino de una revolución en el espíritu de los artistas.

El creador ya no se conforma con poner moldes y llenarlos de música, como hacían los clásicos, sino que quiere contar a los demás lo que él mismo siente. El romántico recibe la belleza que hay en su alrededor, sobre todo en la naturaleza y en el arte más cercano a éste, que es el folclore, es decir, el arte y la cultura del pueblo rural. Pero esa belleza es elaborada en la fábrica interna del artista, y lo que éste ofrece es un nuevo producto fundado en sus impresiones. El romántico supone, con razón, que sus propios sentimientos harán vibrar por simpatía los de sus semejantes. No quiere mostrar su habilidad ni invitar a una participación objetiva. Quiere transmitir la emoción que siente para que esa chispa prenda en los demás.
La música romántica empezó antes de inventarse el romanticismo, calificativo que tuvo al inicio un aire despectivo: parecían ser gente desordenada, indisciplinada, exuberante y malcriada. Desde luego, poco respetuosa.
En 1801 muere Stamitz, el hombre clave en la Escuela de Mannheim, y marca el fin del clasicismo. Haydn vive hasta 1809, cuando nace Félix Mendelssohn, que será el más clásico de los románticos. Cuando empieza el siglo la actividad de tres hombres marca el inicio del romanticismo: Beethoven está en su fecunda edad de los treinta años, Weber tiene quince y Schubert cuatro. Las fechas de nacimiento separan a estos hombres, pero la muerte los igualará: en 1826, 27 y 28, mueren Weber, Beethoven y Schubert, después de haber abierto el camino a los románticos plenos.
En 1802 Beethoven escribe su patético «Testamento de Heiligenstadt», nace Victor Hugo y Chateaubriand publica El genio del Cristianismo. La Sinfonía Heroica, de Beethoven, coincide con la proclamación de Napoleón como emperador y el triunfo de Schiller con Guillermo Tell. En 1806 Beethoven da a conocer su Concierto de violín, muere Schiller y Goethe termina la primera parte de Fausto. Un año antes se había reñido la Batalla de Trafalgar y con ella empezaba el dominio inglés sobre los mares. En España, Leandro Fernández de Moratín estrena El sí de las niñas. El año 1808 es de las sinfonías Quinta y Sexta de Beethoven, y de los rápidos sucesos en España hasta la declaración de guerra a Napoleón, no por los reyes, sino por el pueblo. El mismo año que muere Haydn nace Darwin y se cristaliza la independencia de la América española. La Octava de Beethoven, que parece un salto atrás hacia el clasicismo, coincide en 1814 con los Desastres de la guerra, de Goya, terribles estampas que rompen con la serenidad clásica, y con la locomotora de Stephenson. Napoleón va a Santa Elena al año siguiente y falta otro año para la alegría del Barbero de Sevilla, de Rossini. Los hermanos Grimm publican sus Leyendas alemanas, influencia de lo popular en la gran literatura. Hasta 1822, año de la Incompleta, de Schubert, publican obras fundamentales Schopenhauer, Lamartine, Hegel y Stendhal. En Rusia se manifiesta el genio de Pushkin. Napoleón ha muerto en 1821.
La Novena, de Beethoven, se da a conocer en 1824, mientras en la Gran Bretaña se proclama el derecho a la huelga. Con Niepce nace la fotografía. El año en que muere Weber, Mendelssohn compone la obertura de El sueño de una noche de verano. La muerte de Schubert —y su Novena sinfonía— coincide con la de Goya. Los genios precursores han hecho una revolución en el arte. Sus sucesores encuentran los caminos más libres.
El romanticismo musical se abre casi solamente Por el genio de Beethoven. Es verdad que Weber,
con sus novedades en el teatro con música, da un paso de gigante que no ha de culminar hasta Wagner. Es cierto también que Schubert sigue su senda personal en lo sinfónico, crea pequeñas y nuevas formas pianísticas y abre todo un mundo a la imaginación con el «lied», la canción de concierto en la que se unen íntimamente poesía y música. Pero es Beethoven quien, partiendo de una primera época que hemos visto en el capítulo anterior, es capaz de hacer la gran revolución, saltando hacia conceptos completamente nuevos, que tienen poco que ver con lo que se había hecho hasta el momento. Fecha fundamental en ese aspecto es la de 1803, cuando se ofrece al público la Sinfonía Heroica, sorprendente en todas sus facetas, desde la propia esencia sonora hasta el significado espiritual. Desde el planteamiento formal hasta la duración. Se ha terminado esa fecundidad que permite, como en el caso de Haydn, componer más de cien sinfonías. Beethoven compone nueve, pero son todas distintas entre sí. Para cada obra nueva es necesario establecer un nuevo estado de espíritu, y con el respeto a las formas, se pierde la sensación de facilidad. Crear es al mismo tiempo placer y tormento. Para los románticos es más lo segundo que lo primero.
El «Sturm und Drang» en Alemania, Rousseau en Francia, y otros, inician el romanticismo literario y. de paso, el musical. El mundo artístico sufre una profunda revolución.
Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827) tiene dos aspectos bien distintos. Por eso se le considera como el genio de la transición, ya que es su propia producción la que señala con claridad la frontera entre clasicismo y romanticismo.
Para Beethoven la música no es un entretenimiento y menos un simple oficio. Su frase: «La música es una revelación más alta que toda filosofía». Aunque no se puedan comparar ambos términos, aunque la verdad de la afirmación se pueda poner en duda, lo cierto es que esas palabras nos dan la clave de lo que se produce en el espíritu del músico. La misma clave está en la advertencia con respecto a la Sinfonía Pastoral: «Más expresión de sentimientos que pintura del natural». Es precisamente esa «expresión de sentimientos» la base del mundo romántico. El artista no intenta construir una cosa bonita ni copiar de la naturaleza, sino mostrarnos lo que su alma siente en la contemplación o en la reflexión. Además, Beethoven señala la pauta de comportamiento ante la sociedad. Mozart había probado la libertad y la independencia, con poca fortuna, por cierto. Beethoven no alcanza mucho más desahogo económico pero en cambio se siente rodeado de justa admiración, aunque algunos le tachen de extravagante y loco. Y se permite el lujo de escribir al príncipe Lichnowsky: «Vuestra alteza es príncipe por azar y nacimiento; lo que yo soy, lo soy por mí mismo. Príncipes hay y habrá miles; Beethoven, sólo hay uno.»
Orgullo, pero orgullo justo. En efecto. Beethoven sólo hay uno. Y si el genio consiste en hacer algo que nadie había hecho antes, Beethoven recibe, desde la juventud, el título de genio con todos los merecimientos. Además, en él se da un milagro de la voluntad: el más grande músico de la historia, aquel cuyo nombre se ha identificado con el propio arte musical, era sordo. La carencia progresiva del sentido más preciado para él le hizo sufrir mucho, pero no cejar en su empeño de creador.
Si el nombre de Beethoven es símbolo de música, las primeras notas de la Quinta sinfonía lo son de música sinfónica. Esa musical «llamada del destino» representa la manera en que Beethoven compone una gran obra partiendo de un pequeño núcleo sonoro, de un tema con el que otro compositor quizá no hubiera hecho nada. Beethoven da al piano su papel definitivo, frente al clavicémbalo, que pronto será olvidado. En la sonata Claro de luna, que llama «sonata quasi una fantasia», el compositor rompe las formas y deja fluir libremente su inspiración.
Carl Maria von Weber (Eutin, 1786-Londres, 1826) triunfó en vida y fue popular y admirado en Alemania y en Inglaterra. Fue pianista y, sobre todo, director de orquesta, arte que contribuyó a definir y encauzar. Pero se le considera sobre todo como creador de un teatro musical alemán que había de constituir un capítulo del romanticismo, hasta Wagner y aún después. Títulos como Der Freischütz, Euryanthe u Oberon cimentan su gloria.
El genio de Franz Schubert (Viena, 1797-1828), aunque reconocido, se une por costumbre en una misma lista indiscriminada a los de Weber, Schubert, Chopin, Schumann, Liszt… Eso puede dar lugar a un tremendo error, pues el solo examen de las fechas nos hace comprobar que Schubert muere sólo un año después que Beethoven. Entonces Mendelssohn tenía diecinueve años; Chopin y Schumann, dieciocho; Liszt, diecisiete; Wagner y Verdi, quince. Aunque en el caso del prodigioso Mendelssohn, la extrema juventud hubiera señalado ya un principio de madurez creadora, hemos de pensar que, cuando murieron Weber y Schubert, todos los que consideramos grandes románticos empezaban a vivir. Erróneamente se dice que Schubert sucedió a Beethoven en el mundo sinfónico; su sinfonismo es paralelo al de Beethoven y no su consecuencia.
Dijo Beethoven en su lecho de muerte, hojeando unos «heder» de Schubert, que en aquellas páginas había una chispa divina. Schubert, dominador de los géneros sinfónico y de cámara, primer explorador de caminos sonoros que luego habían de recorrer otros grandes, fue, sobre todo, padre de nuevos estilos para la voz y el piano, y el primero que unió poesía y música en un todo indisoluble. Schumann dijo que, si Schubert hubiera vivido más, habría puesto música a todo el patrimonio poético alemán. Frente a las más de seiscientas canciones de Schubert, las de Beethoven resultan grises. Sin embargo, Schubert como creador del «lied» nos oculta sus otras facetas. Las pequeñas formas para piano, de un estilo libre —impromptu, momento musical—, tan importantes en lo romántico, tienen en Schubert a su impulsor. El romanticismo musical, artístico, literario, y la expresión cotidiana del romanticismo tienen sus primeras manifestaciones en las reuniones vienesas de Schubert y sus amigos, las famosas «schubertiadas».
De las especulaciones sobre el hecho de que no terminara la Sinfonía incompleta hay que descartar la tesis de que no se sintió con fuerzas, ya que siguió escribiendo obras muy importantes. La trucha es uno de sus más famosos «Heder» y el Momento musical nº 3 sobresale en su música pianística.
El año 1830 es fundamental para la historia del romanticismo francés, y del romanticismo en general. Se estrenan la Sinfonía fantástica, de Héctor Berlioz (La Cöte-St-André, 1803-París, 1869), y el drama Hernani, de Victor Hugo, ambas obras con un delirante éxito a cargo de los jóvenes revolucionarios. Ese año es también el de la llegada de Chopin a París. Se forma entonces el gran triunvirato arrollador: Delacroix en pintura, Berlioz en música, Hugo en literatura. Aunque fue muy discutido, incluso por algunos románticos, Berlioz puso en música su personalidad exuberante y su idea de lo que debía ser el arte de los sonidos: un cauce para las pasiones humanas. La Sinfonía fantástica es una típica obra autobiográfica, los sueños de un enamorado que, en su desesperación, fuma opio. Sin la introspección de los artistas y el análisis de su propia personalidad el romanticismo no existiría. El hombre en su interior es el gran protagonista del romanticismo, al que Berlioz entregó, en época temprana, el tesoro de su exaltada imaginación.






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