El nacionalismo

El nacionalismo
Junto al que hemos llamado «romanticismo tardío», las escuelas nacionalistas terminan de redondear el desarrollo del gran movimiento literario, artístico y musical: los post-románticos son representantes de las últimas consecuencias, que se transforman, o se diluyen ante el impulso espiritual de otras tendencias, más acordes con el espíritu del siglo XX.


La explicación del nacionalismo en el arte de los sonidos no puede ser estrictamente musical. Ya los románticos de la plenitud habían fijado su atención en la literatura y la música folclóricas, es decir, en las narraciones o cuentos, en las leyendas y en las canciones o danzas populares. La cosa venía de más atrás, pero los románticos volvieron a la raíz del pueblo como forma de lucha contra el anquilosa-miento del clasicismo y sus reglas rígidas. Los llamados nacionalistas viven en un mundo político en el que el arte tiene un significado de afirmación nacional. En algunos países, como Rusia, se busca esa afirmación contra el imperio de la música importada, que durante muchos años había dominado a la clase culta. En países sojuzgados bajo la artificial unidad, por ejemplo, del Imperio Austro-Húngaro —Hungría, Bohemia—, ese nacionalismo en el arte es un grito de rebeldía contra la opresión. Potenciando las costumbres y las artes autóctonas, los pueblos con personalidad propia luchaban contra una imposición autoritaria que intentaba la igualdad hecha por la fuerza. Movimientos como el de la Unidad Italiana también se apoyan en un romanticismo nacionalista, pero no fundado en el folclore. Los italianos se lanzan a la calle al grito de «¡Viva Verdi», en primer lugar porque era el anagrama de Vittorio Emmanuele Re D’Italia, y en segundo porque Verdi había proporcionado en sus óperas cantos de libertad a la nación unida.
En España también el nacionalismo tiene ese significado de reacción, no contra la dominación política extranjera, sino contra el predominio de la música operística italiana. Un país, Hungría, tuvo la fortuna de anticipar su nacionalismo en la plenitud del romanticismo, gracias a la figura de Franz Liszt, cuya inspiración en motivos folclóricos —aunque fueran preferentemente zíngaros— sirvió de modelo a las escuelas nacionalistas. En Hungría hay que llegar al siglo xx para encontrar un segundo nacionalismo, con figuras tan importantes como las de Bartók y Kodály, nacionalismo de segunda oleada que también se da en España con Falla y otros compositores. Estos modernos nacionalistas no se limitan a usar un material folclórico, sino que llegan a la misma esencia de lo popular.
En Rusia, siguiendo la línea del precursor Glinka —al que apasionó tanto el arte popular de su patria como el español, que conoció directamente en nuestro país—, el núcleo nacionalista está en el llamado «grupo de los cinco», formado por Balakirev, César Cui, Borodin, Rimski-Korsakov y Mussorgsky. En Bohemia el patriarca es Smetana, al que sigue inmediatamente Dvorak. El nacionalismo escandinavo tiene sus mejores representantes en Gade y el suave e íntimo Grieg. Si incluimos en este capítulo al finlandés Sibelius, romántico tardío que alcanzó la segunda mitad del siglo XX, es porque también fue símbolo de libertad contra la opresión rusa y supo crear un nacionalismo con limitada base folclórica. Podrían tener cabida en estas líneas los compositores ingleses como Elgar y Vaughan-Williams, creadores de un estilo particular británico que ha continuado en nuestro siglo.
No se han puesto de acuerdo los musicólogos sobre el año del nacimiento de Borodin. Para unos es fecha en que nace Brahms y que se da a conocer la Sinfonía italiana de Mendelssohn; para otros, cuando nacen Ponchielli y el pintor Degas y se estrenan La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, y El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra. Estalla la Primera Guerra Carlista, Braille crea su método de escritura para ciegos y se deroga la esclavitud en las colonias inglesas. Mussorgsky nace en 1839, año en que muere Fernando Sor y se publican Romeo y Julieta, de Berlioz, y La cartuja de Parma, de Stendhal. Se firma el Convenio de Vergara. El nacimiento de Rimski-Korsakov coincide con el de Gayarre, Sarasate, Nietzsche y Verlaine. Se conocen Ernani, de Verdi, y el Tenorio, de Zorrilla. Morse trabaja en su sistema de comunicación.
En 1841 nacen Dvorak, Chabrier, Felipe Pedrell y el pintor Renoir; Mendelssohn estrena su Sinfonía escocesa y Gógol, en Rusia, publica Las almas muertas. Grieg nace el mismo año que Galdós. Se estrenan Don Pasquale, de Donizetti, y El buque fantasma, de Wagner. El año de Sibelius es 1865, cuando nacen Dukas y Glazunov. Tolstoi publica Guerra y Paz y Manet pinta su Olympia. Termina la Guerra de Secesión en América, Lincoln es asesinado, Mendel descubre sus leyes sobre la herencia.
El primero en morir de estos grandes compositores es el desgraciado Mussorgsky, en 1881, el mismo año que Dostoievsky. Nacen Bela Bartók, Villa-Lobos, Stefan Zweig, Picasso, Braque y Juan XXIII. Muere Disraeli, y se estrenan Los cuentos de Hoffmann, de Offenbach, un año después de la muerte de su autor. Borodin muere en 1887, cuando nacen Furtwängler, Usandizaga, el escultor Victorio Macho y el general Montgomery. Se estrena el Réquiem, de Fauré; el Capricho español, de Rimski-Korsakov; Otello, de Verdi, y La bruja, de Chapí.
Los demás músicos de este capítulo alcanzan el siglo XX. Dvorak muere en 1904, año de Madama Butterfly, de Puccini; la Sinfonía Doméstica, de Strauss, y la Historia de la música, de Riemann. Nace Dalí, muere Isabel II, Echegaray recibe el premio Nobel y Baroja publica La lucha por la vida. La muerte de Grieg, en 1907, coincide con La leyenda de la ciudad invisible, de Rimski-Korsakov; Barba Azul, de Dukas; Iberia, de Debussy; La hora española, de Ravel; y Soledades, galerías y otros poemas, de Antonio Machado. Premio Nobel para Kipling y cubismo de Picasso. Un año después mueren Rimski, Chueca y Sarasate. Nace Messiaen. Se conocen Ma mere l’oye, de Ravel, las Cuatro piezas españolas, de Falla, y las Cinco piezas para orquesta, de Schoenberg. Schweitzer publica su biografía de Bach, y Lenin Materialismo y empirocriticismo. En cuanto a Sibelius, alcanza el año 1957, fecha en la que muere también Toscanini. Ya han estrenado obras importantes Boulez, Xenakis, Stockhausen, Luis de Pablo y Cristóbal Halffter. La Unión Soviética lanza el Sputnik y se establece la primera central atómica en los Estados Unidos. Se han producido ya todos los grandes movimientos musicales de vanguardia.
Alexander Porfirievich Borodin (San Petersburgo, 1834-1887) era hijo natural de un príncipe. Médico y químico de profesión, tuvo la música como una apasionada afición. Le dedicó poco tiempo y por lo tanto no fue fecundo. Es el más fino melodista en el grupo de «los cinco». Su ópera El príncipe Ígor fue la obra de toda su vida, y la dejó sin terminar. Escribió páginas orquestales —En la estepas del Asia Central— sinfonías, canciones y música de cámara. Su bello Nocturno pertenece a un cuarteto. Nikolai Andreevich Rimski-Korsakov (Tichvin, 1844-Liubensk, 1908) abandonó su juvenil carrera de marino militar para entregarse por completo a la música. Fue el único músico profesional entre sus ilustres compañeros. Profesor del Conservatorio de San Petersburgo, influyó grandemente en la vida musical rusa y con sus óperas estableció un estilo. La ópera, como señala César Cui, era fundamental en la música rusa de aquella época, pues en este género se veían más posibilidades de nacionalismo, y escribir óperas de carácter ruso era combatir la influencia extranjera. Rimski dio a la escena La doncella de nieve, Noche de mayo, Sadko, La leyenda del zar Saltan —a la que pertenece la breve página orquestal El vuelo del moscardón—, La ciudad invisible de Kitej, El gallo de oro. Algunas tienen alusiones políticas, pues el compositor se adhirió a la causa revolucionaria contra los zares, con inevitables consecuencias personales. Fue Rimski uno de los grandes orquestadores de la historia, como demuestran sus sinfonías y obras de forma libre como Scheherezade, basada en los cuentos de Las mil y una noches, La gran Pascua Rusa, sobre temas litúrgicos, y el brillante Capricho español, en el que utilizó motivos auténticos españoles, tomados del cancionero de Inzenga. Rimski terminó y orquestó obras de sus compañeros.
El mayor impulso genial dentro del grupo de «los cinco» se encuentra en la atormentada figura de Modest Petrovich Mussorgsky (Karevo, 1839-San Petersburgo, 1881). De familia distinguida, oficial del ejército en su juventud, hombre brillante y refinado, Mussorgsky, al dedicarse al arte, sufrió un choque vital que le hizo derivar hacia una vida tan desordenada como desgraciada. Víctima del alcoholismo y de la depresión, Mussorgsky muere en un hospital militar, convertido en una sombra de sí mismo, en un hombre destruido, tal como nos lo pinta el célebre retrato del pintor Repin. Autodidacta en lo musical, Mussorgsky no recibió más que algunas enseñanzas de Balakirev. Sin embargo, su enorme intuición y su talento natural le llevan a ser un creador en la más amplia extensión de la palabra. La música para él es un reflejo de la vida y de la verdad. Los arreglos que de sus obras hizo Rimski, con fundamento en los principios técnicos tradicionales y en un mayor respeto a las reglas establecidas, pueden considerarse como bienintencionadas traiciones a la radical libertad del genio. Escribió Mussorgsky bellísimas canciones, óperas, como la inconclusa Khovanchina y Boris Godunov, que es una de las más sorprendentes obras maestras en toda la historia del género. También páginas para orquesta, como el poema sinfónico Una noche en el Monte Pelado. Los personalismos Cuadros de una exposición, escritos originalmente para piano, describen la visita a una exposición del arquitecto y pintor Victor Hartmann. Esta obra se ha orquestado varias veces, con fortuna especial, por Maurice Ravel.
En la música checa la estrella máxima es Antón Dvorak (Nelahozeves, 1841 -Praga, 1904), seguidor de Smetana y protegido de Brahms, que le distinguió con su amistad y su sincera atención. Dvorak es un ejemplo de compositor nacionalista, ya que fundó toda su obra en los temas populares de su Bohemia natal, pero cuando tuvo ocasión también fijó su atención en otros folclores. De su trabajo en los Estados Unidos y de su interés por los temas populares de aquel enorme país son fruto el llamado Cuarteto negro y la Sinfonía del Nuevo Mundo, una de las obras más aplaudidas en toda la historia del sinfonismo. Respetuoso con las formas tradicionales, Dvorák escribió nueve sinfonías, conciertos para piano, violín y violoncello —este último famosísimo—, canciones, música de cámara y una popular serie de Danzas eslavas escritas a semejanza de las Danzas húngaras, de Brahms. También escribió óperas.
La música noruega tiene un importante puesto en la historia, separada de la de los otros países escandinavos, gracias a un grupo de compositores de los que el más importante es Edvard Grieg (Bergen, 1843-1907). Fue Grieg un compositor intimista y afecto a las pequeñas formas, sobre todo por reacción contra la influencia del sinfonismo alemán. Sólo en una ocasión utilizó la gran forma musical, en su Concierto para piano y orquesta. Sus series de Danzas noruegas y de otras obras breves de sentido nacionalista culminan en las páginas de Peer Gynt, música de escena compuesta para la representación del drama del mismo título, obra maestra de su compatriota Henryk Ibsen. Fue un trabajo hecho al principio de mala gana, pero en el que el compositor pudo expresar su verdadero concepto de la música nacional, aunque él mismo, a veces, no tomase muy en serio ese patriotismo artístico.
También tuvo un origen teatral el Vals triste del finés Jean Sibelius (Tvastehus, 1865-Jarvenpaa, 1957). Esta página pertenece a la serie escrita para el drama Kuolema. Sibelius fue un último romántico, que «inventó» un nacionalismo finlandés, más fundado en el ambiente y el paisaje que en un folclore casi inexistente, del que la mejor página es el poema sinfónico Finlandia. Dedicado por completo a la música, sin preocupaciones económicas gracias a una pensión señalada por el Gobierno, que le consideró en seguida una gloria nacional, Sibelius dejó un extenso catálogo, con siete sinfonías, un concierto para violín, poemas sinfónicos sobre temas legendarios finlandeses y otras obras menores. Con Sibelius desapareció todo un sentimiento musical romántico y nacionalista.






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