El barroco

El barroco
A las épocas musicales, caracterizadas por un estilo dominante, se les ha puesto nombre, en primer lugar, por su coincidencia en el tiempo con otras manifestaciones artísticas, y en segundo lugar, porque realmente, en el sonido, corresponden a tendencias imperantes en las artes plásticas o en la arquitectura. El primer problema que presenta el barroco está en su propio nombre.

No hay acuerdo respecto a la procedencia de tal palabra. Puede venir de «baroco», uno de los vocablos imaginarios con que los antiguos filósofos escolásticos recordaban las formas de sus complicados razonamientos, o del portugués «barrueco», nombre de una perla grande e irregular.
La verdad es que el término «barroco» lleva aparejado en sus principios cierto aire despectivo. Sea un enrevesado silogismo o una perla de poco valor, el barroco parece ser algo desmesurado, exagerado, fuera de razón y adornado superfluamente. La palabra no ha perdido del todo ese sentido, y seguimos llamando barroco a algo que nos parece recargado o excesivamente adornado.
El barroco, la época barroca en arte, tiene hoy para nosotros todo su sentido de hermosura, superadas las furias de los neoclásicos, que abatían las floridas portadas barrocas para sustituirlas con las severas y rectas líneas de lo clásico.
Si la pintura barroca se llena de color y de insólitas posturas de los personajes, jugando a la ilusión con la luz y con la perspectiva, y la escultura barroca retuerce y adorna la figura, y la arquitectura barroca aligera los ángulos de ventanas y puertas, hace girar las columnas para convertirlas en salomónicas y trata de conseguir, en general, una ligereza, una falta de peso en los edificios jugando con las líneas curvas, la música barroca también tiende al adorno y al entramado sutil de las líneas. El contrapunto, o arte de acompañar una melodía con otra u otras melodías, alcanza su máxima expresión. Como forma que resume las cualidades barrocas citaremos la «fuga», obra donde un tema pasa de una voz a otra o de un instrumento a otro, con su contestación correspondiente, jugando a ir delante o detrás y huyendo de la simultaneidad si no es para la variedad. La fuga es realmente eso, una huida de voces perseguidas por otras. La melodía pura, por su parte, se adorna con galas que, a veces, quedan al mejor o peor gusto del ejecutante.
La plenitud del barroco en 1715, año de la Música acuática, de Haendel, es el de la construcción de la fachada de la Universidad de Valladolid y de la fundación de San Petersburgo por Pedro el Grande. En 1722 aparecen los Conciertos reales, de Couperin; el Tratado de Armonía, de Rameau; el Clave bien temperado, de Bach, y la portada del Hospicio de Madrid, hoy Museo Municipal. La Pasión según San Mateo, de Bach, coincide en el tiempo con la Plaza Mayor de Salamanca, y la Misa en si menor, con la fachada del Obradoiro de la Catedral de Santiago.
Claudio Monteverdi (Cremona, 1567-Venecia, 1643) muere diez años antes de que nazca el más viejo de los autores que vamos a ver en este capítulo, que es Corelli. Pero justamente se le considera introductor del barroco en música, porque es el padre de la verdadera ópera, género en el que antes se desarrollan las posibilidades de expresión barroca. El estreno de Orfeo en 1607 se considera como el comienzo de la época barroca. El mismo Monteverdi, con Frescobaldi, Schütz, Carissimi y otros, van aportando novedades. Parece simbólico el nacimiento de Monteverdi en Cremona, ciudad donde van a florecer las escuelas de violeros, los Amati, los Stradivarius y los Guarnerius, que con sus violines hacen posible una nueva técnica puesta al servicio de un estilo que tiene su primera gran figura en Arcangelo Corelli (Fusignano, 1653-Roma, 1713). El violinista y compositor Corelli contribuye al establecimiento de varias formas barrocas: la sonata —que entonces era sólo una música instrumental, opuesta a la cantata, que es vocal—, el «concertó grosso» —obra en varios movimientos, con diálogo de un grupo menor de la orquesta, «concertino», con el resto, llamado «tutti» o «ripieno»—, que derivarán más tarde en formas como la sinfonía o el moderno concierto con solista. La suite, o sucesión de danzas cortesanas, es también una forma instrumental barroca.
El inglés Henry Purcell (Londres, 1659-1695) hace en su país una síntesis de la música inglesa tradicional y de las influencias italianas, francesas y alemanas. En su corta vida produce música instrumental, óperas como Dido y Eneas y páginas religiosas impresionantes como la Música para el funeral de la Reina Mary, que sirve, por cierto, para su propio funeral. Cuando Haendel llega a Inglaterra es influido por la música de Purcell.
A Corelli siguen los venecianos Tommaso Albinoni (Venecia, 1671-1750) y Antonio Vivaldi (Venecia, 1678-Viena, 1741). Albinoni tiene en su haber gran número de «concerti», entre las que hoy sobresale un Adagio para cuerda y órgano, que es un arreglo del moderno musicólogo Remo Giazotto, estudioso de su vida y obra. Vivaldi se nos presenta como la máxima personalidad del barroco italiano. Autor de seiscientos «concerti», óperas y obras religiosas, Vivaldi, mucho más conocido por sus contemporáneos como «il prete rosso» —«el cura pelirrojo»—, era virtuoso violinista y maestro de música en uno de los asilos de huérfanas de Venecia, el Hospital de la Piedad, donde formaba musicalmente a las muchachas hasta el extremo de poder interpretar con ellas las obras más difíciles. Los viajeros de la época hablan maravillas de esa orquesta y coro femeninos. Es Vivaldi un símbolo de la Venecia rica pero decadente, que ya no era la antigua y poderosa República, había perdido a Tiziano y Veronés, pero seguía siendo un centro de arte activísimo. Vivaldi publicó colecciones de obras con títulos generales, como La Cetra, L’Estro Armónico o lI cimento dell’Armonía e dell’Invenzione, a la que pertenecen los conciertos conocidos como Las cuatro estaciones, que quieren pintar el ambiente y el clima de las épocas del año.
En Francia establece un estilo nuevo, en el teatro y la música instrumental, el florentino Lully, que muere en París en 1687. Intrigante y genial, se hace dueño de la corte de Luis XIV, perfecciona el arte escénico, cuidando el ballet y lo que se llamó «comedia-ballet», género típicamente francés con una representación simbólica de personajes, sin acción argumental. La plenitud barroca francesa —los franceses rechazan el término «barroco» y hablan más bien de un especial clasicismo— llega con François Couperin (París, 1668-1733) y Jean-Philippe Rameau (Dijon, 1683-París, 1764). Couperin es el más importante de toda una familia musical y se le conoce como Couperin el Grande. Su actividad se desarrolló sobre todo en el ambiente cortesano del Versalles de Luis XV, que le nombró superintendente de la música. En sus obras se trasluce su admiración por Corelli. Sus conciertos representan un paso adelante en la música orquestal, y sus obras para teclado le hacen destacar entre los llamados clavecinistas franceses: Daquin, Dandrieu, Clerambault. Su estilo es gracioso y vivo, a veces levemente humorístico e intencionado.
Según Saint-Saëns, Rameau era «el genio musical más grande que ha producido Francia». Fue organista en su ciudad natal (Lyon) y en otras ciudades y se trasladó a París en 1722, donde logró gloria como intérprete, compositor y teórico, con importantes estudios sobre los fundamentos armónicos de la música. Sus óperas y su producción en general se contrapusieron a las de los italianos, en una larga disputa que tuvo tintes políticos: Rousseau y los Enciclopedistas tomaron partido por la música italiana, personificada por La serva padrona de Pergolesi (1710-1736), mientras los aristócratas y los conservadores lo hacían por la francesa, con Dardanus, Les Indes Galantes, Hyppolyte et Aricie de Rameau. Esta guerra musical se reprodujo después entre los partidarios del alemán Gluck (1714-1787), creador de un estilo nuevo y natural en la ópera francesa, y los que seguían prefiriendo a los italianos.
El año 1685 destaca por el nacimiento de Juan Sebastián Bach (Eisenach, 1685-Leipzig, 1750), Jorge Federico Haendel (Halle, 1685- Londres, 1759) y Domenico Scarlatti (Ñapóles, 1685-Madrid, 1757).
Domenico Scarlatti, hijo de Alessandro —gran compositor de óperas y obras religiosas de la escuela napolitana— fue desde muy joven un gran virtuoso del clavicémbalo, instrumento de teclado al que dirigió sus mayores esfuerzos creativos. Después de algunos viajes, llegó a Lisboa como profesor de música de Bárbara de Braganza. Dejó discípulos en Portugal y fue reclamado por la infanta cuando ésta contrae matrimonio con Fernando VI de España.
Fue Scarlatti amigo de Haendel, con quien estuvo en Roma. Los veinticinco últimos años de su vida los pasa en Madrid, donde se casó en segundas nupcias con una española; sus descendientes viven aún entre nosotros. Aunque Scarlatti escribió obras escénicas y música religiosa importante, su obra maestra y lo que le da su glorioso puesto en la historia son las 5o-natas para clave, que traen a la música un nuevo mundo de fantasía. Son obras de un solo movimiento, diferentes de las típicas del clasicismo que veremos en el siguiente capítulo. Los españoles debemos reivindicar la figura de Scarlatti, pues en España encuentra su estilo definitivo, influido por los giros y ritmos de nuestra música popular, y en España forma escuela, cuya figura más ilustre es el padre Soler. Escuela que sobrevivirá hasta el siglo XK, con figuras retrasadas como Mateo Albéniz.
Muy distintas son las vidas de Bach y Haendel, aunque su obra musical tenga muchos puntos de contacto. Haendel, el «famoso sajón» como se le conoció, viaja por Europa recogiendo lo mejor de cada escuela. Se establece en Londres y allí encuentra la gloria y la fortuna. Los ingleses le consideran un orgullo nacional y le entierran, junto a las grandes figuras de la patria, en la Abadía de Westminster. Haendel llevó a Inglaterra los «concerti grossi» y la gran ópera al estilo italiano de temas históricos o mitológicos. Al decaer esta forma en Londres, el compositor vierte su inspiración hacia el oratorio— género de carácter religioso, no litúrgico, basado en la historia sagrada—, y marca un modelo en el género sinfónico-coral. Sus grandes suites para celebrar alguna festividad, como la Música para los reales fuegos de artificio o la Música acuática, escrita para un paseo real por el Támesis, nos dan la medida de su genio. Entre todos los oratorios de Haendel sobresale El Mesías, con el impresionante Aleluya.
Mientras Haendel triunfa, Bach ocupa puestos poco brillantes, más conocido como organista y maestro que como compositor. Y sin embargo, es el creador genial que realiza una síntesis de todo lo hecho hasta su tiempo. Maestros alemanes, italianos y franceses son estudiados por Bach que, dentro de su modesta vida familiar, lleva a cabo una labor musical gigantesca: pasiones, cantatas, suites instrumentales, El clave bien temperado, en el que fija las reglas de la música para el teclado, obras para órgano —como la Toccata y fuga—, misas. Bach se adapta a los elementos de que dispone, y así, durante sus años de servicio al príncipe Leopoldo de Anhalt-Cothen, sin necesidad de escribir música religiosa y con un buen grupo de instrumentistas, compone sus Suites y los Conciertos de Brandeburgo. Por su significación artística e histórica se le ha llamado «el padre de la música».
En el barroco español no se pueden olvidar los nombres de organistas como Correa de Arauxo o Cavanilles. Gaspar Sanz (Calanda, 1640-Madrid, 1710) que nos da la clave de cómo, decadente la vihuela, la popular guitarra se convierte en instrumento importante. En su Instrucción de música sobre la guitarra española recoge muchos y variados motivos musicales.
Destaca en el barroco español el padre Antonio Soler (Olot, 1729-E1 Escorial, 1783) educado en Montserrat y monje Jerónimo en El Escorial. Organista y clavicembalista, Soler es autor de obras religiosas, escénicas, instrumentales, y de un importante tratado teórico. En su producción sobresalen las Sonatas para clave, de corte scarlattiano, pero de gran personalidad.
Con esto hemos llegado al siglo XVIII —Soler fue maestro de algunos infantes en la corte de los primeros Borbones— donde a veces lo popular influye en lo cortesano. A mediados del siglo XVIII desaparecen todos los gigantes del barroco. En cuanto al cambio que se avecina en la música, recordemos que ha nacido ya Haydn y que los hijos de Juan Sebastián Bach van a dar un giro al arte sonoro. Europa, en la segunda mitad del siglo, se verá totalmente conmocionada por la Revolución Francesa.






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